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Documental de Luisa Capetillo ya está Online

Distinguida como escritora, periodista y líder obrera, la anarquista puertorriqueña Luisa Capetillo es considerada pionera del feminismo y el sindicalismo.

Nacida en Arecibo el 28 de octubre de 1879 y con una formación educativa heterodoxa, Capetillo llamó la atención por sus posiciones ideológicas, luchando por causas como: igualdad de derechos para la mujer, la lucha de clases en favor del socialismo libertario y el amor libre, tema recurrente entre sus publicaciones, que incluyen cuatro libros y diversos ensayos.

Siempre creyó que la mujer debía emanciparse y educarse para ser una buena madre: ¨¿Cómo puede una mujer analfabeta y esclavizada formar los hombres del futuro?¨ decía preocupada. Conocida por ser la primera mujer puertorriqueña en usar pantalones (1919) y arrestada en Cuba por ésta misma causa, Capetillo hizo resistencia a convencionalismos sociales a través de su impresionante historia de vida.

Hoy, gracias a @Revista Arpillera, ayudamos a difundir el documental de ´Luisa Capetillo: Pasión de Justicia´. Lo recomendamos y exhortamos a que compartan con sus seres queridos ésta maravillosa oportunidad de conocer más sobre ésta gran líder activista y prócer puertorriqueña.

::: Aquí el enlace del documental: 👇https://ataveiedu.net/lc/

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EXTRAÑAS CAPTURAS

 Si el comandante Ortiz comienza a disparar esto va a ser un éxito. Samuel está tirando unas fotos con desgano y yo tomo notas esperando que algo suceda. “En este año se ha notado que hay una baja tendencia de tráfico ilegal de suramericanos por la zona del puesto fronterizo de Peñas Blancas”, anoto. “Por ello el Ejército da seguimiento a la captura de este grupo raro de personas”. Raro es la palabra que usó el militar. ¿Lo suramericanos son un grupo raro de personas o es raro que crucen las fronteras? En este punto los medios de comunicación se debaten. Como escritor propongo hacer un circo con los suramericanos caminantes. Elaborar un relato verídico sobre mutantes venidos del espacio. A fin de cuentas hablan nuestro idioma pero cada uno con acentos extraños. Que si cambiando r por l, que si aspirando las eses finales. Ni modo que aspiraran las heces. Eso lo hace otra gente, otros mutantes.

Lo cierto es que “El Ejército ha detectado por puntos no habilitados de la frontera sur el tráfico de indocumentados de nacionalidades un tanto diferentes a las que habitualmente se detectan por esa zona”, anoto. La zona, se entiende, del puesto fronterizo de Peñas Blancas. Si el comandante Ortiz pierde la paciencia por el calor, o simplemente porque hoy tiene ganas de experiencias límites, esto va a ser mi momento cumbre. Sin embargo, Ortiz indicó que “no hemos podido determinar el trasfondo del traslado de estas personas”. Ortiz, se me olvidaba, es el vocero de las fuerzas castrenses que miran detenidamente todo lo que se mueve a lo largo de la frontera, incluyendo pajaritos preñados.
“En meses anteriores el Ejército detectó a ocho indocumentados chinos, que en su momento fueron remitidos a Migración y Extranjería. Normalmente las personas que detectamos por esa zona son ecuatorianas y peruanas, y nos llama la atención que ahora sean de estas nacionalidades”. De las nacionalidades chinas. Que hablen cantonés o mandarín.

Vista la situación y partiendo de la premisa de que pronto seremos invadidos por los chinos, me adelanto. Voy a escribir una novela china. En español, claro. Cosa de que seré el primero en escribir una novela china que será la traducción al español de la traducción al chino. Se las resumo:

El primer capítulo será sobre esos dos cónsules en Haití que fueron sometidos a la Justicia por tráfico ilegal de indocumentados chinos y por drogas. Lo de las drogas es obvio. Tiene que haber drogas en el asunto y una mafia poderosa.

El segundo capítulo, que imitará los partes de prensa, llevará al lector hasta Los Angeles. LOS ANGELES (AP) – Las autoridades federales han desmantelado una red que ofrecía a jugadores endeudados una jugosa recompensa a cambio de casarse con ciudadanos asiáticos que procuraban obtener la ciudadanía de Estados Unidos. Las autoridades arrestaron esta semana a 11 de los 44 hombres y mujeres sospechosos de participar en la red, que según se a!rma cobraba a indocumentados chinos y vietnamitas hasta 60.000 dólares para casarlos con ciudadanos estadounidenses a !n de obtener permisos de residencia.

Una de las acusadas de dirigir la red, Marian Therese Thai, una agente de viajes de 53 años, se entregó a las autoridades el viernes. La agente enfrenta numerosos cargos federales, entre ellos conspiración, albergue de indocumentados y fraude matrimonial. Los organizadores visitaban con frecuencia los casinos del sur de California, donde solían hallar a jugadores que habían perdido gran cantidad de dinero.
“Hallaron personas que estaban en una racha perdedora y que estaban dispuestas a hacer algo ilegal si el precio era adecuado”, dijo Virginia Kice, portavoz de la Agencia de Inmigración y Aduanas.

Thai dirigía la operación desde su agencia MT Travel de Westminister, donde producía fotos falsas de bodas, declaraciones conjuntas de impuestos y cartas de amor, dijeron los funcionarios. Las autoridades descubrieron que había algo raro cuando los empleados de inmigración hallaron casos de estadounidenses que solicitaban tarjetas de residencia para más de un cónyuge.

Las autoridades creen que algunos ciudadanos recibieron hasta 5.000 dólares a cambio de contraer matrimonio con indocumentados extranjeros.  Bueno, sí, es poco dinero, pero le imparte realismo a ésta, la primera novela china antes de la invasión china. Necesito sinónimos para “las autoridades”

El tercer capítulo será sobre las costumbres sexuales. La importancia de esto es que serán las costumbres que poco a poco se impondrán en esta otra parte del mundo. Aunque pensándolo bien quizás sea mejor empezar por ahí. Es decir, un primer capítulo de prácticas sexuales. Un gancho comercial. Sexo es igual a ventas garantizadas. Entonces intercalar algunas cosas que realmente me interesan. No es que no me interese la chingadera, es que me interesan otras cosas también. Pero yo sé que si la novela comienza con las palabras del Comandante Ortiz sobre las extrañas capturas en el puesto fronterizo de Peñas Blancas generaría escaso interés en los jóvenes lectores. A menos que el susodicho militar los masacre, los torture, escoja algunas mujeres para integrarlas a un mercado de prostitución. Ah. Ahí está la conexión. Una gran red de prostitución en este lado del mundo y mato dos pájaros de un tiro. Extrañas capturas y costumbres sexuales. Eso adornado con juegos, laberintos. Describir las fotos falsas de bodas, las cartas de amor que la agencia de madame Thai preparaba. Esta será la gran novela china de occidente.

Ese es un plan a largo plazo. Ahora, mi éxito depende de que el comandante Ortiz comience a disparar. Le miro los ojos. Los gestos. El tono de voz. Noto que poco a poco va perdiendo la paciencia ¿Y si con disimulo pongo mi navaja de pelar frutas cerca de uno de ellos y grito que está armado? Tengo sed, dice Samuel. “Venir hasta acá a tomarle fotos a chinos sentados en el suelo” murmura, decepcionado. Espérate, le digo. Esto se va a poner bueno.

Yellow Cab

El tipo tenía un peinado a lo Elvis Presley en combinación con un bigotito de bolerista latinoamericano. Siempre de manga larga y un pañuelo empapado con el zumo del dolor de un macho cabrío que canta en los bares al lado de la vellonera. Se quitaba la camisa en el balcón y se quedaba en una camisilla sin mangas fumando, mirando al horizonte. A veces se buscaba en los bolsillos. Siempre tenía menudo. Colocaba los chavitos prietos en un pote de cristal y con el resto salía y regresaba al rato con una cajetilla de cigarrillos en el bolsillo de la camisa.

Así recuerdo al Man, como lo llamaba su familia -nunca frente a él- los domingos, cuando íbamos al residencial a visitar a los primos de los primos. Una familia extendida en el más amplio registro de la palabra extensión. Todos eran primos. Hasta los vecinos más cercanos. 

Era un apartamento de dos cuartos en el que vivían seis personas. Yo era muy pequeño. Tanto que me parecía grande aquel apartamento y Joseíto, el único que me hablaba directamente, era mayor que yo y apenas tendría ocho o nueve años. Siempre hablaban de lo bueno que era para las matemáticas. Lo envidiaba porque a mí los números me daban vértigo desde que me acuerdo.

El Man -que en realidad se llamaba José- se quedaba siempre en el balcón que daba a la calle del edificio E. Apenas hacía 10 años se había construido aquel complejo residencial con el que el gobierno pensaba resolver las diferencias de clases. José- el Man- venía de un campo de Carolina, una vieja hacienda cañera abandonada en la que trabajó su padre hasta morirse y él desde los 12 hasta los 14, cuando se dedicó a otra cosa que nadie sabe qué era. Joseíto siempre le buscaba la vuelta. Trataba de estar cerca de él y establecer alguna comunicación con el galán de novela. Rara vez el Man le devolvía el interés.

En algún momento dejamos de visitarlos. 30 años después, Joseíto, que ahora se llamaba Cheo, estaba en casa de una vecina de mi Vieja, reparando unos closets de madera y unas puertas. El niño matemático era ahora carpintero. Si lo apuraban mucho también jardinero. Lo saludé cuando salió a lavarse las manos afuera, en la manguera del jardín. Respondió al saludo con un leve gesto levantando las cejas. No quise interrumpir su silencio laborioso.

Hace años, el Elvis criollo con cara de Aceves Mejía fumaba mirando al horizonte cuando en un movimiento desusado acarició la morusa de Joseíto que estaba ahí a su lado como quien no quiere la cosa. Lanzó el cigarrillo del balcón a la calle y se dispuso a salir. “¿Te acompaño?” se atrevió a preguntar el niño. El Man lo miró a los ojos unos segundos. Sonrió. “Vamos a hacer una cosa, cuenta estos chavitos que hay aquí en el pote, y cuando yo regrese del colmadito me dices cuánto hay” – le dijo el Man a Joseíto, que jamás había escuchado oración tan larga de su padre. El Man salió a buscar cigarrillos. Jamás volvió a verlo.


Cuando comenzó a trabajar de carpintero en la fábrica de muebles se enteró por el supervisor, que era del mismo residencial y se tomaba sus cervezas en el mismo bar que el Man, que su Viejo era taxista en Nueva York. Cheo siguió trabajando como si le hubieran dicho que esa tarde iba a llover.

Meses después, en Semana Santa, Cheo tomó un vuelo para Nueva York. Corrían los años 70’s. LLegó de madrugada. Una sola maleta. De mano. Desayunó en la 106. Caminó hasta Central Park y esperó dos horas y media mirando cuidadosamente a los taxis estacionados. De repente se acercó a un conductor rodeado de otros taxistas contando alguna cosa. Los demás se reían y alguno se agarraba los güevos como si en el acto de reírse se le fueran a caer. El taxista parlanchín, amablemente, le preguntó al recién llegado hacia dónde se dirigía. “A ninguna parte” dijo Cheo. Abrió un bolsillo de su pequeña maleta y sacó un envase de cristal. Abrió la tapa de plástico y arrojó las monedas en la cara del taxista. 

Son 247 chavitos prietos, pedazo de cabrón-. Nunca más volvió a verlo.

GUAYNABO City CHRONICLES: Nuestro Urbanismo

Guaynabo se encuentra al norte de la isla de Puerto Rico. Y Puerto Rico está en el Caribe. En la ruta de los polvos del Sahara y los huracanes. Nada, se los digo para que sepan que no es un lugar exclusivo y que las urbanizaciones con control de acceso y los apartamentos a sobreprecio no cambian esa realidad. 

El pueblo tiene una superficie de aproximadamente 70 kilómetros cuadrados (27 millas², como decimos en puertorriqueño). El primer poblado europeo de la isla, y uno de los primeros de América, fue establecido allí. Quizás el lugar más conocido de Guaynabo sea ese, las ruinas de Caparra. En 1508 el conquistador Juan Ponce de León, estableció allí una casa fuerte. Estaba a una legua de la costa y para llegar a ella había que atravesar pantanos. 

En la Escuela Ramón Marín me enseñaron que los primeros europeos decidieron construir la ciudad capital en la isleta de San Juan huyendo de los mosquitos de Villa Caparra. Había otras razones pero quiero hacer el cuento corto y hablar de las cosas importantes: los nativos le prendieron candela al asentamiento muy temprano en la historia mientras Ponce de León andaba buscando la fuente de la juventud en Bimini. Bueno, lo de la fuente de la juventud no es verdad. Más bien Bimini era un premio de consolación del Rey Fernando que se había decantado por Diego Colón. Ponce de León fue a ver lo que le habían concedido.    

Fue Gonzalo Fernández de Oviedo quien se dedicó a construir esa leyenda de la fuente de la juventud y la hemos repetido por siglos porque, hey, está claro que es mejor dejar correr una buena historia que entorpecerla con datos verídicos. 

Allí, en la Elemental Ramón Marín, distraído, mirando por la ventana mientras los maestros hablaban de gramática, matemática, and English Language me imaginaba a Ponce de León recibiendo flechazos de los indios en Florida. En la hora del recreo me iba al parque de pelota y en mi imaginación recreaba en el diamante alguna batalla contra los invasores mientras los chamacos de intermedia fumaban por primera vez. Yo fumé mucho más tarde y lo dejé hasta el día de hoy.

Por alguna perversión el municipio celebró por algunos años el Carnaval Mabó, celebrando el pasado indígena que Ponce de León se encargó como pudo de borrar de la faz de la tierra. No lo consiguió. En 1787 todavía vivían 3,000 indios en el barrio Indieras, en Maricao y Las Marías.  Esa insistencia en lo indígena es sospechosa. El nombre del pueblo, Guaynabo, parece significar “aquí hay un lugar con agua dulce”. No tenemos un traductor de arahuaco vivo desde el siglo XVIII y la lengua desapareció. Así que le hacemos caso a los cronistas y a los historiadores. Hubo indios. Y quizás si la carretera #2 no la hubiesen construido justamente por encima del primer asentamiento europeo en a isla, tendríamos en Guaynabo un buen museo que incluiría flechas, macanas, azulejos de la casa del primer gobernador. Seguramente hasta el cáliz de la ermita se lo llevaron los formidables tecnócratas que construyeron la carretera.

Diez barrios tiene mi pueblo: Camarones, Frailes, Guaraguao, Guaynabo Pueblo, Hato Towns of Guaynabo, Puerto RicoNuevo, Mamey, Pueblo Viejo, Río, Santa Rosa y Sonadora. Su patrono es San Pedro Mártir de Verona. Colinda al norte con el pueblo de Cataño y Puerto Nuevo. Cerca se encuentra el humedal más grande del área metropolitana, la Ciénaga Las Cucharillas. Ha sido deforestado y reforestado en varias ocasiones. Y se contamina con el desarrollo industrial del área todos los días. Después del huracán María se sembraron palo de pollo, cobana negra y emajaguilla a ver qué pasa.  Pero seguramente volverá a deforestarse con la creación de alguna urbanización, un almacén de suministros perdidos o por el efecto de la contaminación. 

Hacia el centro del municipio es bastante llano aunque hay varios mogotes. Hacia el sur Guaynabo es montañoso. El  Cerro Marquesa, con 1,673 pies de altura sobre el nivel del mar, es el lugar más alto del pueblo.

Cuando tenía el cabello negro y sueños por alcanzar conocí varios de los recursos hidrográficos del pueblo. La frontera con Bayamón es un río por el que entraron indios que venían de las islas vecinas y le dieron una paliza a par de colonizadores. El río Guaynabo es tributario del Bayamón. Alguna vez subimos por el barrio buscando el origen. De vez en cuando caminamos a la vera de las quebradas: Sonadora, Damiana, El Marqués, Limones, Camarones, Margarita.

Me ha sorprendido que algunos residentes más jóvenes -guaynabitos los llama el pueblo- no sepan que el pueblo tiene costa. Por esa zona, que forma parte de la Bahía de San Juan, había más de 100 cuerdas cubiertas de mangle. Nosotros íbamos a pescar buruquenas allí. Alguna vez logramos pescar un pez globo. Y lo matamos para ver como se inflaba defendiéndose de nuestro salvajismo. O más bien, defendiéndose de nuestro urbanismo.

Guaynabo City Chronicles: Luiyo

Por Rafael Acevedo


Crucé el muro de bloques y alambre eslabonado. Para eso había que esquivar las espinas de un árbol. Del árbol colgaba una fruta más agria que los lunes. Limón de cabro. Alguna vez mi madre la usó para marinar carnes. Mi abuela paterna, una de las pocas veces que pudo venir a visitarnos, miró el árbol y nos dijo que el jugo se usaba parquemaduras y cicatrices. Mi abuela materna observó los frutos un sábado en el que nos trajo pastelillos y sonrió con picardía. Mi viejo los sábados agarraba uno de aquellos limones arrugados y lo partía en dos, lo exprimía y con azúcar y un poco de hielo hacía un frappé de toronja sin toronjas. Eran limones de cabro.

Crucé el muro de bloques y alambre eslabonado esquivando las espinas del árbol de falsas toronjas. Así pasaba la invisible frontera de la calle Sonata a la calle Tornasol. Allí estaba Luiyo en el patio de su casa. Pero él no tenía guante ni ganas de jugar pelota. Estaba torturando lagartijos. Les cortaba el rabo. Entre el pulgar y el índice agarraba una hoja de afeitar nueva, de dos filos. Las gillette se vendían como si fueran palillos de dientes, en unos sobres de papel que parecían cartas muy pequeñas y ominosas. Con ella cortaba de un solo tajo la cola. Yo había leído entre los libros de mi padre que la lagartija se desprende voluntariamente de la cola para entretener a los depredadores mientras ella escapa. Este no era el caso. Estaba atrapada por un animal más grande, Luiyo, que no había identificado como depredador. No abandonó su rabo. Se lo cortó Luiyo con una mueca extraña. Levantaba el lado izquierdo de su boca como si estuviese sufriendo un derrame cerebral. Ese gesto siempre lo hacía cuando estaba contando una mentira y cuando torturaba animales.

Miraba aquel rabo moviéndose solo y me causaba un terror íntimo que me cuidaba de no expresar. ¿Sabría esa cola que estaba sola en el mundo? ¿Tendría conciencia? Pensaba entonces en aquella película de Frankenstein que mi hermano Néstor había doblado al español con palabras malas y que hacía reír a las monjas que venían a verla a casa, divertidas, como si estuvieran cometiendo un pecadito.

Pero lo de Luiyo no se quedaba en ahí. Le cortaba las patas. A mí se me ponía la piel de gallina. Entonces me ponía a pensar en béisbol pero aquellas patas sin cuerpo eran más fuertes que mi intención de enajenarme. Entonces el torturador procedía, con aquella mueca y unos gemidos de horror falso, a cortarle la cabeza.

Aguanté las ganas de vomitar. La cabeza se movía sola. Aquel cuerpo era ahora un rompecabezas de órganos vivos. Me levanté del suelo como un resorte. “Si no vamos a jugar pelota me voy a casa”. Fue lo que alcancé a decir como justificación al miedo. Luiyo me pidió esperar. Que iba a buscar un poco de gasolina de la cortadora de grama para quemar el lagartijo de modo que no sufriera, me dijo.

Aproveché que fue a buscar el combustible y crucé el muro de bloques y alambre eslabonado. No pude esquivar las espinas. Me enterré dos. Maldije. Agarré un limón de cabro, lo mordí desesperado. La boca se lleno de un fuerte sabor agrio. Escupí las dos heridas en el antebrazo. El jugo de la fruta servía para cicatrizar. La saliva tiene algo de antibiótico. La boca me ardió por horas. Esa tarde no cené. Había unos pedacitos de carne junto con el arroz. Yo los vi moverse. Estaba hipnotizado por la tortura. Tuve ganas de vomitar.

Algunos años después Luiyo había dejado la escuela “en la que uno no aprende nada” y yo estaba listo para entrar a la universidad a la que quise ir desde que tenía diez años y vi como quemaban el edificio del ROTC. Era el 1978 y todavía no había cumplido 18 años. Luiyo se apareció por casa. Hacía años que no lo veía. Me llamó desde la acera. Salí y allí estaba con una bola de baloncesto. Que si quería hacer unos tiritos en la cancha de Parkville. Raro, porque aunque la gente de la calle jugaba baloncesto a diario desde que tengo uso de razón, ya en la adolescencia poco a poco nos interesamos cada cual en lo suyo y las visitas a la cancha fueron menos frecuentes. Luiyo nunca nos acompañaba. Eso no era lo suyo. Lo suyo era pelear a los puños y torturar animales. Sin embargo, estuve a punto de decirle que sí. ¡Qué carajo! me vendría bien un poco de sol y ejercicio. Le pedí la bola. La dribleé un poco imitando al Mago Blondet y miré su rostro. Sonreía con un solo lado de la boca.  Sentí un frío en la nuca. Pensé que era intuición pero lo cierto es que era un recuerdo. Mentí. “Tengo una rodilla lastimada, otro día”, le dije. Le devolví el balón. Me alejé dando otras explicaciones falsas sin darle la espalda. Él se quedó muy serio, la vista fija en mis ojos. Parecía murmurar algo. Entré. Cerré la puerta luego de despedirme. Respiré por unos segundos hasta que se fue el escalofrío. 

Por una rendija de la dura puerta de madera en la entrada vi que permanecía allí en la acera. Entonces me encabroné. Respiré hondo y decidí mandarlo al carajo. Eso es lo que me dictaba mi mala espina, mi sexto sentido. Un, dos, tres, abrí la puerta. Se había ido. Jamás volvimos a hablar. Lo vi unas dos o tres veces más a lo lejos. Hacía mucho tiempo su familia se había mudado aunque él regresaba a mirar la casa de vez en cuando. Poco a poco dejó de hacerlo. “Se murió Luiyo”, me dijo muchos años después una vecina. A su hermano menor sí llegué a verlo frente a la puerta de una tienda por departamentos. Estaba pidiendo dinero. Había perdido una pierna. No me reconoció. Lo llamé por su nombre. Ni se inmutó. Ya ese no era su nombre. Como ya este pueblo no se llama igual que hace 40 años.

Guaynabo City Chronicles: La tranquila sangre de los pueblitos

Alguna gente quiere irse al campo porque es más tranquilo. Y tienen razón. Hace 30 años, el barrio Sonadora era más tranquilo que los alrededores de la plaza de Guaynabo. Había una barra colmadito atendida por su propio dueño al borde de la PR-834 que atravesaba el barrio donde podías tomarte una cerveza tranquilo.

Del dueño del negocio me reservo el nombre y de uno de sus clientes habituales también. El cliente, una vez, le hizo un favor al dueño. Le llevó un cuartillo de leche a la casa, que estaba justo detrás, subiendo una cuesta desde la que podía verse toda la carretera arbolada. El hombre entregó la leche a la nena. Y al verla tan linda le echó maíz desde su boquita de comer adornada con un bigotito anacrónico de cantante de boleros.

El cliente habitual le comenzó a ofrecer sus servicios al dueño para lo que fuera. Hasta de plomería sin ser plomero. El dueño del negocio ni caso que le hacía. Sin embargo, una tarde en la que me encontraba solo allí con él (era un sábado santo y llovía a cántaros) me pidió que le cuidara el negocio en lo que subía a la casa a llevarle un cuartillo de leche a la nena que le salió cafetera. “Si viene alguien le dices que vengo ahora”. Seguro, le dije yo, pensando en lo chévere que era que me tuviera confianza.

Entró un desconocido que se sentó en la barra y le dijé “Él viene ahora”. Me miró con desdén y ni las gracias dio. “Que se cague en su madre”, pensé, pero no dije nada porque soy un tipo pacífico. 

El dueño tardó más de lo que esperaba. Había terminado mi cerveza, había dejado de llover y el calor y la humedad me decían, “paga y vete pa’l carajo”, pero el dueño había confiado en mí y aguanté. Quería darle el peso y cumplir con decirle al que llegue que él viene ahora.

Llegó con la camisa empapada y rojo. Sacudía la sombrilla y la dejó abierta casi a la entrada. Murmuraba. El nuevo cliente pidió un trago y lo sirvió rápido y sin cariño. Se me acercó y me dijo “coño, gracias, perdona que me tardé pero es que ese cabrón…” y entonces me contó que al llegar a la casa se encontró con que el cliente habitual estaba echándole maíz a la nena a través del portón. Que se había molestado y le dijo dos o tres. Que el tipo le dijo que solo estaba hablando y que la nena estaba al otro lado de las rejas. El dueño le dijo que no quería verlo más por allí y que al final se fue con una media sonrisa despidiéndose de la nena con alguna galantería. “Clase de cabrón”, dije, para expresar mi solidaridad con el dueño. Pagué y me fui.

Como al mes me mudé para Río Piedras y en ese último día de mudanza paré allí para tomarme una cerveza. Sábado en la tarde. Había cinco o seis tipos tomándose unas frías y par de señoras comprando arroz, latas de salchichas y aceite. El dueño me reconoció con el consabido “eje, tanto tiempo” que me hizo sentir como que era parte del pueblo precisamente ahora que me volvía a ir. Le hice el cuento corto aún más corto y me fui tomando la cerveza. De repente miró por encima de mi hombro en dirección a la entrada. Frunció el ceño y agarró el paño de limpiar la madera de la barra. Su frente se relajó y creí ver en sus ojos una breve fulguración de tristeza, pero a lo mejor son pendejadas de la memoria. 

Cuando salió de detrás de la barra lo seguí con la vista y entonces vi al cliente habitual sentado en una mesa junto a tres tipos que contaban un chiste, me imagino, porque uno de ellos se agarraba los huevos de repente y luego los soltaba. No se cruzaron miradas el dueño y el cliente. El primero salió del negocio sin decirme “si viene alguien le dices que vengo ahora”. Ni a mí ni a nadie. Aquello me dio mala espina. De repente hacía un calor de Cuaresma. Salí afuera, al borde de la calle, a la sombra de un flamboyán. Si yo fumara me hubiera fumado un cigarrillo. Adentro las mujeres esperaban a que alguien les cobrara el arroz, las salchichas, el aceite. Recuerdo que pensé que quizás se acercaba un huracán y yo no me había enterado. Entonces fue que fue.

Vi con el rabito del ojo que el dueño bajaba la cuesta y cuando estaba como a tres pasos de la entrada percibí el reflejo del machete. Me quedé afuera, a la sombra del flamboyán, con el corazón en la garganta. Escuché la voz del cliente haciendo una pregunta retórica: “¿Qué carajo te pasa?” luego sillas arrastrándose y un sonido de lechonera de Guavate cuando te están cortando la carne que pediste. Uno, dos, tres, cuatro y dos segundos después cinco.

No recuerdo si alguien gritó o si hubo alguien herido. Yo me quedé afuera. El dueño salió afuera con el machete ensangrentado. Miró para lejos. Entonces se dio cuenta que estaba allí. “¿Tienes cigarrillos?” me preguntó. “No, yo no fumo, pero te busco uno” le dije, justo cuando salía con las manos en la cabeza uno de los clientes. “Lo mató, lo mató” me dijo. “Sí. Dame un cigarrillo”. El hombre, temblando, me dio un cigarrillo y el encendedor. Lo prendí y le dije al dueño: “Con mentol”. Se encogió de hombros y se sentó en el escaloncito de la entrada al negocio. Le entregué su cigarrillo. “Gracias, hermano” me dijo. 

Llegó la policía y dije la verdad. Yo no vi nada que ellos mismos no hubieran visto. Un hombre que fuma a la entrada de su negocio. Al lado suyo hay un machete ensangrentado. Ese mismo día terminaba mi mudanza. Abandoné otra vez la tranquilidad del campo.

Arte: "Flamboyán" de Orlando Vallejo                                                                                               A la venta en Matadero Contemporary Art